Investigadores y científicos de la Universidad de Harvard (EE.UU.) y de la UFPR (Universidad Federal de Paraná) han desarrollado un nuevo tipo de dispositivo ultraligero que puede flotar en la atmósfera terrestre durante meses utilizando únicamente energía solar.
La tecnología, que no utiliza motores, hélices ni globos llenos de gas, cuenta con pequeñas placas metálicas extremadamente delgadas que funcionan como sensores voladores, capaces de alcanzar altitudes de entre 50 y 100 km, en una región cercana al borde del espacio.
Esta zona, conocida como mesosfera, es una de las menos exploradas de la atmósfera, precisamente porque es difícil de alcanzar: los aviones y los globos no llegan tan alto, mientras que los satélites orbitan mucho más alto.
¿Cómo funciona
Las “placas voladoras” están hechas de un material cerámico ligero con un revestimiento metálico y aprovechan un fenómeno llamado fotoforesis, una fuerza que se genera cuando la luz calienta un lado de la placa más que el otro.
Esto hace que las moléculas de gas colisionen con más fuerza en el lado caliente, generando suficiente sustentación para mantenerlas en el aire.
Según Ben Schafer, investigador y líder del proyecto, el equipo logró construir estructuras tan ligeras que esta fuerza normalmente insignificante es capaz de hacerlas flotar en entornos de baja presión como la mesosfera de la Tierra o incluso la atmósfera de Marte.
En pruebas, una estructura de apenas un centímetro de ancho fue capaz de levitar a una altitud simulada de 60 km, con una presión equivalente a la de la atmósfera superior de la Tierra con solo el 55% de la luz solar total.
Estas estructuras podrían estar equipadas con sensores para medir el viento, la presión y la temperatura en regiones de la atmósfera prácticamente inexploradas. Esto podría mejorar significativamente los modelos de predicción meteorológica y los estudios sobre el cambio climático.
Además, existe potencial para su uso en telecomunicaciones. Una flota de estas "placas flotantes" podría formar una red de antenas de gran altitud, con un rendimiento similar al de los satélites de órbita baja, pero a menor coste y con menor latencia en la transmisión de datos.
“Esta es la primera vez que se demuestra que es posible construir estas estructuras más grandes y realmente hacerlas volar”, explicó el profesor David Keith, también involucrado en el proyecto.
Según él, esto abre el camino para “una nueva clase de dispositivos pasivos, alimentados únicamente por la luz solar y listos para explorar tanto la Tierra como otros planetas”, concluyó.
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