En los dos primeros artículos de esta serie, quise compartir dos ideas que se consolidaron durante la Misión en Australia. La primera fue que la transición energética debe verse desde una perspectiva sistémica, y no simplemente como un reemplazo de tecnologías.
La segunda conclusión fue que, en un sistema cada vez más renovable y descentralizado, la flexibilidad, las señales económicas y los nuevos diseños de mercado se vuelven tan importantes como la expansión de la propia generación.
Una tercera reflexión surgió repetidamente a lo largo de las reuniones: no tiene sentido producir energía donde la red eléctrica no puede recibirla y transportarla.
Puede parecer una conclusión obvia. Pero quizás sea precisamente una de las contradicciones más relevantes de la transición energética.
Durante muchos años, la expansión de los sistemas eléctricos siguió una lógica relativamente predecible. Se construyeron grandes centrales eléctricas y se desarrolló la infraestructura de transmisión para conectar estos centros de producción con los centros de consumo. La transición energética también está transformando esta geografía.
En Australia, esta transformación es particularmente visible. El sistema eléctrico del país se construyó durante décadas en torno a grandes centrales térmicas, especialmente las que funcionaban con carbón.
La rápida expansión de la energía solar y eólica ha desplazado progresivamente los mejores recursos de generación a otras regiones, a menudo lejos de la infraestructura existente y de los principales centros de consumo.
Por lo tanto, el problema no radica en la falta de recursos energéticos, sino en cómo incorporarlos al sistema.
Y Brasil tiene una experiencia particularmente relevante en este sentido. En un país de dimensiones continentales, hemos construido a lo largo de décadas un extenso y altamente interconectado sistema de transmisión, capaz de conectar grandes centros de generación con mercados de consumo ubicados a miles de kilómetros de distancia.
Sin embargo, existe una diferencia importante. Brasil ya ha experimentado grandes transformaciones en la geografía de la generación y ha desarrollado una extensa infraestructura para el transporte de energía, especialmente gracias a la expansión de la energía hidroeléctrica. El desafío actual es diferente: adaptar este sistema a la velocidad de expansión de la energía eólica y solar, a la descentralización provocada por la generación distribuida y a una nueva geografía de los flujos energéticos.
Este tema surgió en la primera reunión de la misión, celebrada en la UNSW. (Universidad de Nueva Gales del Sur) y en CEEM (Centro para los Mercados Energéticos y Ambientales)Al hablar de la creciente presencia de fuentes de energía renovables, los investigadores destacaron que la restricción en Australia no se debe a una sola causa.
La escasez puede deberse a limitaciones físicas de la red y a requisitos de seguridad del sistema, pero también puede estar asociada a la situación económica durante periodos de alta oferta y precios muy bajos o negativos. Cada diagnóstico requiere una solución diferente.
El enfoque de la UNSW para comprender estas interacciones también captó mi atención. Los investigadores presentaron iniciativas de modelado de sistemas eléctricos que buscan replicar la planificación y el despacho australianos, y probar diferentes escenarios de expansión.
En un momento dado, uno de los investigadores resumió el objetivo del trabajo de la siguiente manera: “La idea es crear un modelo abierto donde podamos analizar en profundidad diferentes escenarios.” En una traducción libre: "La idea es crear un modelo abierto en el que podamos probar y cuestionar eficazmente diferentes escenarios."
Esta frase refleja una característica importante de la planificación de la transición energética australiana: no basta con proyectar cuánta energía renovable se necesitará. Es necesario simular cómo interactuarán la generación, el almacenamiento y las redes eléctricas en diferentes condiciones.
Esta preocupación resurgió durante la reunión con representantes de DCCEEW. (Departamento de Cambio Climático, Energía, Medio Ambiente y Agua), El departamento del gobierno australiano responsable, entre otras cosas, de la política energética. Allí, la magnitud del desafío en materia de infraestructuras se hizo más evidente.
El gobierno australiano estructuró el programa. Reconfigurando la naciónEl programa, destinado a modernizar y ampliar la red eléctrica, utiliza financiación a largo plazo y condiciones preferenciales para posibilitar nuevas infraestructuras de transmisión y reducir su impacto en los consumidores.
En el momento de la misión, la planificación australiana estimaba la necesidad de aproximadamente 4.600 kilómetros de nuevas líneas de transmisión tan solo para cumplir con los objetivos de 2030.
La expresión utilizada para nombrar el programa es bastante reveladora: En una traducción libre, "reconstruir las conexiones eléctricas del país".
No se trata simplemente de añadir unas cuantas líneas a la red existente. Australia está, en cierta medida, rediseñando su infraestructura eléctrica para adaptarla a una nueva geografía de generación.
Esta percepción adquirió una dimensión financiera durante nuestra conversación con el CEFC (Corporación de Financiamiento de Energía Limpia).
CEFC es el brazo financiero del programa. Reconfigurando la nación y gestiona los recursos específicamente destinados a la expansión y modernización de la infraestructura necesaria para la transición. Lo que me llamó la atención fue que la financiación de la transmisión no se trataba simplemente de aportar capital. Existía una preocupación explícita sobre cómo el costo de esta infraestructura repercutiría en el consumidor.
Por ejemplo, pocos días antes de nuestra visita, CEFC había anunciado una inversión de 1,2 millones de dólares australianos para la ampliación de la red de transmisión en el noroeste de Tasmania. Según la institución, la estructura de financiación a largo plazo y de menor coste podría reducir los gastos de red asociados al proyecto en aproximadamente un 55 % durante su vida útil, en comparación con las condiciones regulatorias tradicionales.
Esta discusión planteó un punto que considero particularmente relevante. La transición energética requiere infraestructura. Y la infraestructura tiene un costo.
Podemos hablar del precio cada vez más bajo de la generación de energía solar, eólica o en baterías. Pero el costo de la transición no se limita al costo de los equipos que producen o almacenan energía.
También incluye el costo de conectar estos activos, reforzar las redes, mantener la estabilidad, crear redundancia y transportar electricidad entre regiones. En otras palabras, no existe la generación de energía renovable barata en un sistema que no puede transportarla.
Esta percepción se hizo aún más evidente durante la reunión con Samsung C&T, donde conversamos con ejecutivos brasileños que trabajan en Australia. En la discusión sobre el desarrollo de nuevos proyectos de energías renovables en el país, uno de los temas centrales fueron precisamente las dificultades de conectividad y los cuellos de botella en la infraestructura eléctrica.
La expansión de la generación de energía solar había puesto de manifiesto una limitación estructural, existiendo un consenso de que la red eléctrica no estaba preparada.
La declaración no significaba que Australia careciera de un sistema eléctrico desarrollado. Significaba algo más interesante: la red se había construido para una matriz energética específica y una geografía de generación específica.
Cuando ambos cambian rápidamente, la infraestructura también necesita cambiar. Esta es quizás una de las mayores similitudes con la situación actual en Brasil.
Brasil tiene una ventaja que Australia no tenía cuando inició su transición: nuestra matriz eléctrica ya es predominantemente renovable, y el sistema hidroeléctrico ofrece una flexibilidad y capacidad de almacenamiento significativas. Además, a lo largo de décadas, hemos construido un sistema de transmisión continental altamente interconectado.
Pero eso no significa que nuestra infraestructura esté automáticamente preparada para la siguiente etapa de la transición.
La rápida expansión de la generación de energía eólica y solar, especialmente en el noreste de Brasil, ha modificado la geografía del suministro energético. Al mismo tiempo, la generación distribuida (GD) ha alterado profundamente los flujos en las redes de distribución. Los nuevos proyectos siguen buscando conectividad, mientras que los incidentes de restricción de suministro se han convertido en un tema central del debate sectorial.
El problema brasileño, por lo tanto, comienza a presentar una contradicción similar a la observada en Australia: podemos poseer abundancia de recursos renovables y, al mismo tiempo, enfrentar dificultades para aprovecharlos plenamente. Esta realidad también debería modificar la lógica del desarrollo de nuevos proyectos en Brasil.
Durante mucho tiempo, la primera pregunta que se hacía un inversor en energías renovables era, naturalmente, sobre la calidad del recurso: ¿dónde está el mejor viento? ¿Dónde se encuentra la mejor irradiancia solar?
En un sistema congestionado, surge una pregunta previa, o al menos igual de importante: ¿dónde está la capacidad de conectividad?
Australia está intentando solucionar este problema mediante las Zonas de Energía Renovable (REZ). (Zonas de Energía Renovable). La idea es coordinar, en regiones específicas, la expansión de la generación y el almacenamiento de energía renovable, así como la infraestructura de transmisión necesaria para conectarlas.
Esto representa un cambio significativo en la planificación. En lugar de que decenas de proyectos tomen decisiones de forma aislada y luego compitan por la conectividad, el objetivo es identificar de antemano dónde existen buenos recursos, dónde tiene sentido expandir la generación para el sistema y qué infraestructura se necesitará para que sea viable.
Quizás esta reflexión sea particularmente importante para Brasil. En un escenario de capacidad de conectividad cada vez más disputada, el acceso a la red se convierte también en un recurso económico escaso. Esto exige debatir no solo cómo expandir la transmisión, sino también cómo coordinar mejor la ubicación y la entrada de nuevos proyectos.
El propio proveedor de servicios de Internet (ISP) (Plan del Sistema Integrado) El gobierno australiano busca precisamente lograr esta integración. La versión de 2026, publicada tras nuestra misión, reforzó una formulación que resume bien la estrategia: las energías renovables conectadas por sistemas de transmisión y distribución, respaldadas por sistemas de almacenamiento y complementadas con la generación a gas, constituyen la vía de menor coste para mantener un sistema seguro y fiable durante la eliminación progresiva de las centrales eléctricas de carbón.
Es interesante comprender el orden de los elementos. No se trata solo de generación renovable, sino de generación, red eléctrica, almacenamiento y recursos de seguridad. Esta es precisamente la visión sistémica que surgió de la primera reunión de la misión. El paralelismo con Brasil merece atención.
Históricamente, nuestro modelo de expansión ha sido capaz de coordinar grandes proyectos de generación y transmisión. Pero la velocidad y la cantidad de nuevas iniciativas de energías renovables han creado una realidad diferente.
Tenemos una enorme acumulación de proyectos, limitaciones de conectividad, una expansión de la transmisión que tarda años en implementarse y crecientes indicios de que simplemente añadir capacidad instalada no significa necesariamente añadir la misma cantidad de energía utilizable al sistema.
Quizás sea necesario, por lo tanto, reformular también la pregunta que nos planteamos. En lugar de preguntarnos simplemente cuántos gigavatios de nueva generación puede instalar Brasil, tal vez deberíamos preguntarnos cuántos gigavatios adicionales puede integrar eficientemente el sistema. La diferencia entre ambas preguntas es enorme.
La primera mide la capacidad de construcción. La segunda mide la capacidad sistémica. Y esta reflexión también evita una conclusión simplista: la solución no consiste necesariamente en construir infraestructura de transmisión indefinidamente.
Uno de los debates más interesantes durante la misión giró precisamente en torno a la necesidad de aprovechar mejor la infraestructura existente.
Las baterías, la gestión de la demanda, la generación distribuida coordinada, las tecnologías digitales y los mecanismos de flexibilidad pueden, en determinadas situaciones, reducir la congestión o aplazar las inversiones en la red eléctrica.
Australia incluso ha estado financiando tecnologías destinadas a aumentar el uso de la infraestructura existente. El programa federal de Tecnologías de mejora de la red Admite sensores, equipos inteligentes, software y baterías capaces de aumentar la capacidad y la productividad de la red, reducir la congestión y, en determinadas situaciones, posponer o reducir la necesidad de nuevas expansiones de red convencionales.
Esto conecta directamente este tercer artículo con el anterior. En el segundo texto de esta serie, sostuve que la siguiente transformación necesaria no es simplemente tecnológica, sino institucional: necesitamos crear señales económicas capaces de transformar la flexibilidad en valor. Ahora está surgiendo una consecuencia de esta idea.
La flexibilidad y la transmisión no son necesariamente soluciones contrapuestas. Deben planificarse conjuntamente.
En algunas regiones, la construcción de una nueva línea será inevitable. En otras, el almacenamiento de energía puede reducir los picos de demanda y la congestión. En ciertas zonas, reforzar una subestación existente puede resultar más eficiente.
En otros casos, los mecanismos de respuesta a la demanda o las tecnologías de optimización de la red pueden posponer inversiones importantes. El reto no consiste en elegir una tecnología de antemano, sino en identificar qué problema debe resolver el sistema y comparar las alternativas disponibles.
Quizás el reto, por lo tanto, no reside en maximizar la cantidad de infraestructura construida, sino en maximizar la cantidad de energía que podemos integrar con la infraestructura existente, ampliándola cuando sea necesario y utilizándola mejor siempre que sea posible. Esta fue, una vez más, una de las lecciones más recurrentes de Australia. La transición energética no puede planificarse como una suma de activos independientes.
Generar energía donde no hay conectividad crea cortocircuitos. Construir líneas de transmisión sin coordinar la ubicación de los nuevos proyectos puede dar lugar a una infraestructura ineficiente. Instalar sistemas de almacenamiento sin identificar el servicio que proporcionará puede simplemente trasladar el problema.
Permitir que se tomen miles de decisiones individuales sin las señales económicas adecuadas puede aumentar aún más la complejidad de la operación. Por lo tanto, la red deja de ser simplemente el nexo entre la generación y el consumo.
Se convierte en uno de los recursos más estratégicos de la transición. Brasil cuenta con sol, viento, agua, biomasa y una de las redes eléctricas más limpias entre las principales economías. No cabe duda de que podremos seguir expandiendo la producción de energías renovables.
Quizás la pregunta más difícil sea otra: ¿Seremos capaces de construir y utilizar la infraestructura necesaria de forma más inteligente para transformar todo este potencial en energía que esté realmente disponible para el consumidor?
Tras la misión a Australia, me quedé con la impresión de que quizás uno de los recursos más escasos en la próxima etapa de la transición energética no será la energía renovable, sino la capacidad de conectarla al sistema.
Consulte los artículos anteriores de esta serie.
La próxima revolución que necesitamos no es tecnológica, es institucional.
De la tecnología al sistema: la primera lección de Australia.
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