La garantía de que Brasil no sufrirá apagones durante sequías severas u olas de calor extremas reposa hoy en una paradoja técnica y ambiental que EPE (Empresa de Investigación Energética) clasifica como uno de los principales desafíos del sector eléctrico.
En su más reciente hoja de datosEn un comunicado divulgado este martes (30), la empresa estatal que supervisa la planificación de la expansión detalla que las centrales térmicas son al mismo tiempo la solución a la intermitencia de las fuentes renovables y, al mismo tiempo, víctimas directas del cambio climático.
Mientras que en 2024 estas plantas cubrían aproximadamente el 14% de la demanda nacional, en años de aguda escasez hídrica, como en 2021, la demanda sobre las centrales térmicas saltó a un nivel 35% superior, demostrando que el sistema depende profundamente de esta fuente para mantener el equilibrio entre oferta y demanda.
Una de las cuestiones que plantea EPE, sin embargo, es que este “ancla” de la seguridad energética está perdiendo eficiencia precisamente cuando el país más la necesita.
Entre otras amenazas, el aumento de las temperaturas globales reduce la capacidad de enfriamiento de los equipos, mientras que la intensificación de las sequías y las lluvias extremas devastan la logística de combustible y la infraestructura de las centrales eléctricas.
Por el contrario, las emisiones de las centrales eléctricas que utilizan combustibles fósiles contribuyen al calentamiento global, lo que a su vez requiere la adopción de medidas de adaptación técnica cada vez más costosas para mantener las unidades en funcionamiento.
Peso estratégico
La naturaleza esencial de las centrales térmicas reside en características que fuentes como la solar y la eólica aún no pueden proporcionar plenamente, como la controlabilidad y la multifuncionalidad.
Actualmente, Brasil cuenta con 48 GW de capacidad instalada en centrales térmicas, divididos entre 18 GW de fuentes renovables –donde el bagazo de caña de azúcar domina el 70% del segmento– y 30 GW de fuentes no renovables, liderados por el gas natural.
Esta base de datos proporciona al ONS (Operador Nacional del Sistema) la flexibilidad necesaria para activar la energía precisamente durante las horas pico o cuando los embalses hidroeléctricos están en niveles críticos.
Esta importancia es aún más vital para los sistemas aislados, ubicados principalmente en la Región Norte. Aproximadamente 2,6 millones de brasileños dependen casi exclusivamente de la generación de energía térmica, de la cual el 68 % se alimenta con diésel.
Para estas poblaciones, la central térmica no es sólo un respaldo, sino la única vía de acceso a la electricidad, lo que convierte cualquier falla operativa en un riesgo social inmediato.
Vulnerabilidades logísticas
El análisis de EPE identifica que las amenazas climáticas no son meramente teóricas, sino que ya afectan las operaciones diarias. En el subsistema Norte, la sequía histórica en la Amazonía ha reducido los niveles de los ríos, creando enormes obstáculos para el transporte fluvial de diésel y gas.
Sin suficiente profundidad fluvial, la logística de suministro se ve comprometida, lo que incrementa los costos energéticos y amenaza la continuidad del servicio en zonas remotas. En los subsistemas del Sureste y Centro-Oeste, donde se concentra la producción de bioelectricidad, el riesgo es agrícola.
Fenómenos extremos como olas de calor y cambios en los patrones de lluvia afectan la cosecha de caña de azúcar. En los últimos años, estas condiciones adversas han reducido el rendimiento del bagazo hasta en un 11%, en comparación con períodos de clima estable.
Además, la gestión de los conflictos sobre el uso del agua surge como un problema crítico, ya que la refrigeración de las centrales térmicas puede competir con el suministro de agua para uso humano y el riego en épocas de escasez de agua.
Adaptación y resiliencia
Para abordar este escenario, EPE señala que la planificación energética necesita incorporar escenarios de estrés climático en sus modelos de largo plazo, como ya se ha hecho en [proyectos/iniciativas anteriores]. Plan Energético Decenal (PDE 2034) y en el Plan Nacional de Energía (PNE 2050).
El fortalecimiento de la infraestructura implica invertir en tecnologías de refrigeración que requieran menos agua o utilicen agua de mar, así como promover la redundancia de suministro en sistemas aislados para evitar cortes logísticos. Otro pilar de la adaptación es impulsar la investigación en biotecnología para que los cultivos de biomasa sean más resistentes a las condiciones climáticas extremas.
La conclusión de EPE es que la transición energética y la seguridad del sistema no pueden ignorar las centrales térmicas, sino que deben transformarlas en activos más resilientes y eficientes, garantizando que el “seguro energético” de Brasil no falle precisamente en el momento de la emergencia climática.
Clic aquí y comprobar el hoja de datos publicado por EPE.
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